Una historia en Murs
Patata, cebolla y huevo. Una historia en Murs
En Murs hicimos un voluntariado y un domingo pudimos celebrar una fiesta con mis tortillas de patatas en el Hotel Le Crillon-Luberon. Nos dimos un homenaje.

Patata, cebolla y huevo. Una historia en Murs

En Murs hicimos un voluntariado y un domingo pudimos celebrar una fiesta con mis tortillas de patatas en el Hotel Le Crillon-Luberon. Nos dimos un homenaje.
Una historia en Murs

Patata, cebolla y huevo. Una historia en Murs

Tres ingredientes que mezclados entre sí ya sabemos el resultado… Si además añadimos un poco de calabacín, salen unas tortillas de patatas para chuparse los dedos.

Y es que el pasado día 10, animado por Sally, decidí dar una vuelta por el precioso pueblo de Murs. El camino hasta el pueblo, desde casa de Sally y Scott, es increíble y la propia villa es de postal.

Esa mañana me había quedado sin tabaco, que aunque ahora fume poco y me esté quitando sigo dándole; ¿preguntaría en el único bar-hotel-restaurante que hay, si casualmente vendían?

Intenté resistirme a la idea hasta el último momento, incluso cuando pasé por la puerta de este. Un hotel precioso de tres estrellas llamado Le Crillon-Luberon.

El comienzo de la historia

Sentada en su terraza estaba una chica que me saludo con la habitual cortesía que he detectado en los franceses «bonjour», «bonjour» contesté; y continué mi paseo por Murs.

Hasta ese momento seguía dándole vueltas a la cabeza con resistirme o no a comprar el tabaco, pero a la vuelta, cuando de nuevo tenía la puerta del bar al lado, mi resistencia fue vencida y decidí entrar y además de preguntar por el veneno, también tomar algo.

Lo primero que hice fue saber el idioma con el que hablar, porque mi francés es muy limitado, así que pregunté si hablaban inglés y fue afirmativo, si hablaban español y sorpresa ¡¡también!! Pregunté si vendían tabaco, y me dijeron que si, aunque solo fue un espejismo, ya que tabaco no se entiende como lo hacemos nosotros en España, aquí hay que pedir un paquete de cigarrillos.

Fue Giselle, la simpática y amable chica de la terraza, la que corrigió a Marco su marido y copropietario del local. Giselle es argentina por lo que la comunicación se hizo fluida en nuestro idioma común. Ella me ofreció un cigarro propio y lo acepte, lo que dio pie a entablar una conversación con un te y tomar el sol del mediodía.

En esa conversación además de contarle mi aventura y como la estoy llevando a cabo, pude hacer la pregunta que deseo desde que salí de Zaragoza ¿os gustaría que cocinase una tortilla de patatas en vuestro restaurante?

Giselle no pudo confirmármelo en ese momento ya que tanto Marco, como Edward el chef, tenían que dar su beneplácito, cosa no muy sencilla en Francia, por lo que me habían avisado: A un chef francés -imagino que a cualquier chef- no le suele gustar la invasión de su cocina por desconocidos. Además Edward tiene una estrella Michelin en su CV, con lo cual, pensé, más «tiquis-miquis».

En busca del veneno

Tras darnos nuestra dirección de Facebook, decidí encaminarme a un pueblo cercano a 8 km llamado Gordes, del que hablaremos en otro artículo, a comprar los cigarros, era lo más cercano para conseguir mi objetivo.

Seguí las indicaciones de Marco y me puse a andar, pero cuando salía del pueblo surgió la duda, la carretera se bifurcaba en dos y no sabía que camino elegir. Afortunadamente apareció un lugareño llamado Gerard que me ahorró el paseo de ida, porque la vuelta sí que la hice andando, como “penitencia a mi pecado” de ser fumador. Y en serio, los 4 primeros kilómetros cuesta arriba hicieron mella en mí. Incluso tuve la tentación de hacer dedo, pero al final caminé hasta llegar a casa.