Fiyi. Una nueva etapa en el viaje
La Vuelta al Mundo Sin Prisas

Fiyi. Una nueva etapa del viaje. Cerca de cumplir un sueño dentro del sueño

Comienza una nueva etapa en el viaje en Fiyi. Todavía no sabía que iba a ser determinante para el viaje. Durante mi primera semana fui ayudado por Johnny en su casa a través de Couchsurfing.

Fiyi. Una nueva etapa del viaje. Cerca de cumplir un sueño dentro del sueño

Comienza una nueva etapa en el viaje en Fiyi. Todavía no sabía que iba a ser determinante para el viaje. Durante mi primera semana fui ayudado por Johnny en su casa a través de Couchsurfing.
Fiyi. Una nueva etapa en el viaje

Fiyi. Una nueva etapa del viaje. Cerca de cumplir un sueño dentro del sueño

El viaje desde su creación, lo dividi en varias etapas, como puedes ver en esta página del blog con el proyecto de La Vuelta al Mundo sin Prisas. Pero como ya he comentado en varias ocasiones y me gusta insistir estoy abierto a los cambios, y una dosis de improvisación, hace que todo sea más interesante. El universo ofrece y yo recojo lo que me da.

Así pues, en la ruta que tenía marcada al comienzo del viaje, las islas del Pacífico no entraban en los planes. Desde Nueva Zelanda, las antípodas de España, que era el final de la primera parte del viaje, quería cruzar a América, para comenzar la segunda.

En Australia, estando ya en el continente oceánico, y echando un vistazo al mapa de la zona, me di cuenta que, aunque con un acceso complicado ya que son islas, tenía más fácil llegar de lo que pensé viéndolo desde España, antes de salir.

¿Por qué elegí Fiyi?

También fue en Australia donde por las leyes de inmigración de Nueva Zelanda, se me obligaba a tener un billete de avión de retorno, o por lo menos un vuelo que me sacase del país cuando el visado expirase pasados tres meses. Y aunque es de un año y puedo volver de nuevo por periodos de tres meses tenía que tener un vuelo de salida, sí o sí. Atentos a esto si viajáis al país de nuestras antípodas y que no os pase como a mi.

Me enoje con la azafata de la compañía aérea que me atendió ya que me negó la tarjeta de embarque si no tenía ese vuelo. Cogí de nuevo mi mochila de la cinta transportadora y me dirigí a la puerta del aeropuerto para buscar lo más rápido posible el destino que me sacaría de Nueva Zelanda.

Debía de chequear todas las opciones que viese. Las islas del Pacífico o quizás volver de nuevo a Australia. Este último podría ser una buena idea, ya que muchos vuelos salen con destino a América. Sin embargo vi que llegar a Fiyi entraba en mis posibilidades, tanto de recursos, como de interés.

Fiyi me daba la opción de un nuevo país en mi recorrido y ya que había planeado la opción de navegar hasta América, quizás pudiese encontrar en Fiyi ese velero para hacerlo.

Compre el vuelo a Nadi por unos 135€ con todos los gastos incluidos. O eso pensaba, ya que en Nueva Zelanda decidí revisar los datos de mi vuelo y descubrí que mi mochila no estaba incluida en el pasaje. Pude hablar con la compañía y añadirla, lo que me costó otros 10€ más. Y menos mal que lo revise, porque si llego a dejarlo para el día del embarque el precio se multiplicaba por 5. Atentos también a esos vuelos baratos por internet, que te puede jugar malas pasadas.

La mañana del día 22 de junio, día del viaje, un nuevo país se añadía a La Vuelta al Mundo Sin Prisas.

Como funcionan las leyes de inmigración en Fiyi

En Fiji también las leyes de inmigración te obligan a tener un vuelo de retorno, una complicación, ya que si tenía la opción final de navegar, iba a desperdiciar un dinero que necesitaba para otras cosas. Lo que es diferente a otros países que he visitado, es que la visa de turista te sirve para estar en el país cuatro meses. Aunque al entrar tienes que decir cuanto tiempo tienes previsto quedarte. Como cumplí con lo dicho, un mes, no se si hubiese tenido problemas en caso de haber estado más tiempo.

Para conseguir ese billete de salida y no tener que poner dinero por delante, puse mi cabeza a pensar ¿Qué otras opciones tenía? Recordé a un amigo de Madrid que trabaja en una gran compañía de viajes y le escribí un mensaje. A su vez me vino a la memoria otro amigo, este en Menorca, con el que durante mi tiempo en la isla trabajando en la radio había podido colaborar cuando ponía en marcha algún viaje para mí o para mis oyentes. A través de Ángel, otro de mis amigos en la isla, lo localicé, ya que no tenía ningún contacto tras tanto tiempo transcurrido. Conseguí su email y le explique lo que necesitaba.

Mi primera opción que había barajado, no me respondió, no hasta pasados más de 15 días desde que le había escrito y ya estaba en Fiji con todo solucionado gracias a la segunda.

Por otro lado, mi amigo Rafa de Menorca, fue rápido y con su experiencia me hizo un billete que tenía el mismo aspecto que uno comprado de verdad. No es ilegal, realmente puedes comprar un billete de los caros y cuando llegas al destino, anularlo, sin gastos normalmente, así que es lo que Rafa hizo para mi, pero yo no tuve que adelantar ningún dinero.

El vuelo era a Sydney y de allí a Londres, como una manera más convincente de demostrar que me iba a ir de las islas. Este billete se lo mostré al azafato de Air New Zealand que me atendió, todavía con las legañas en los ojos, y lo dio por válido, así que no el obstáculo estaba salvado y podía volar y entrar a Fiyi sin problemas.

Mi llegada a Fiyi

El avión desde Auckland a Nadi, llegó a su hora poco más de mediodía. Todo iba rodado. Ahora tocaba buscar como llegar a la casa de Johnny, el couchsurfer que me había aceptado por unos días. Pregunté en el aeropuerto a unos hombres que estaban apostados a la salida, me recomendaron el taxi, les pregunté por el autobús y me dijeron que no había, a su parecer el taxi era mi única opción.

No me di por convencido y salí por otra de las puertas del aeropuerto, bueno no tiene puertas, ya que el edificio está abierto y le pregunté a un taxista que me ofreció su servicio. El me indicó donde podía conseguir un autobús para llegar donde buscaba. Un tipo honesto y que me ayudó.

Ande unos pocos metros, cruzando el parking del aeropuerto y allí estaba el autobús, parado, esperando a sus viajeros. Pregunté por la dirección que tenía apuntada, todos la conocían y el autobús tenía una parada fija justo en la puerta de mi destino.

Además de la dirección tenía unas fotografías que Johnny, mi anfitrión, me había enviado por email. La pega era que cuando estaba en el aeropuerto, sin querer, había borrado uno de los correos, así que me quedaba un poco cojo de información, pero, pensé, que al llegar, seguiría mi intuición y seguro que daría con la casa.

El autobús fueron 5 dólares fiyianos, un par de euros o menos y tenía por delante unos 60 kilómetros que iba a aprovechar para hacer fotos del paisaje y disfrutar de las vistas. En Nueva Zelanda estaba en pleno invierno, un crudo invierno. En Fiyi, aunque me dijeron los locales que era también invierno, ni punto de comparación con una temperatura constante de 28º – 30º durante el día y algo más baja por la noche. Qué para dormir era un lujo. No me puedo imaginar lo tórrido del verano fiyiano.

Buscando la casa de mi anfitrión

Cuando llegué a mi parada, me dejaron en una carretera, desnuda. Solo una pequeña tienda y otro negocio al cruzarla y unos carteles que indicaban el resort que me habían dado como referencia pero que estaba algo alejado. Había una entrada que llevaba a otro resort, pero Johnny no me lo había mencionado y también una cuesta que acababa en una colina y donde se perdía la vista.

Crucé a la tienda, pregunté si tenían internet y podían prestarme unos minutos para intentar recuperar el email. El muchacho que atendía el negocio aceptó la petición y estaba de nuevo en contacto con el mundo. Recuperé el mail y charlando con unos locales que se encontraban allí, volví la vista hacia esa colina, que con la perspectiva tomaba una forma más definida y de repente me iluminó: era justo la calle que había visto en la foto, pero engañaba y no parecía para nada esa larga subida con un desnivel importante.

Me alegré y aunque ya había podido enviar un correo a Johnny contándole el problema que había tenido y que estaba allí, la conexión ya no la tenía y no le pude decir de mi descubrimiento.

Seguí charlando con mis benefactores de internet, mientras me comía unos noodles rápidos y tras ellos me fumaba un cigarro. Antes de irme, me comprometí con ellos a hacer una tortilla de patatas e invitarlos por su amabilidad. Cuando terminé me cargué las mochilas y me concentré para encarar la subida. Fue dura y llegué reventado, pero estaba donde debía de estar. Las indicaciones de Johnny eran perfectas y todo se encontraba como me contó.

En casa de mi anfitrión de Couchsurfing

La casa tenía varias entradas, así que fui una por una, probando la llave y como ya se sabe por la ley de Murphy, la última fue la que pude abrir. Una casa amplia y luminosa, gran cocina y salón, una habitación que parecía deshabitada y otra con la puerta cerrada que supuse era la de mi anfitrión. Ocupé la que intuí era la mía, saque mis cosas de aseo de la mochila grande y busqué un baño donde tomar una ducha que necesitaba con urgencia, tras mis días en el barco en NZ y el madrugón que llevaba, que acentuaba el cansancio y el sopor.

Me metí directamente en la ducha y abrí el grifo, agua dulce fría a la que poco a poco mi cuerpo se habituó. Cuando terminaba el remojón, se abrió la puerta principal y alguien entró, que como pensé y confirmé cuando nos vimos era Johnny. Alertado por mi mail había salido del trabajo algo antes y venía en mi búsqueda. Le pedí disculpas por no haberle podido avisar que había encontrado la casa y por haberme tomado la confianza de instalarme en el dormitorio vacío y haberme dado la ducha antes de vernos. Las aceptó sin problemas y me confirmó que ese era mi dormitorio.

Johnny es taiwanes y vive en Fiji desde hace unos meses, trabaja de monitor de buceo justo en el resort que me dio como referencia para llegar hasta su casa. Un día me invitó a visitarlo y tomar una clase gratuita para saber que es eso de bucear, que nunca lo había hecho. La experiencia la puedes ver en el siguiente vídeo. No fue muy afortunada.

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Con Johnny conecté enseguida y eso dio pie a una charla distendida. La tarde caía y me ofrecí a preparar una cena. Aunque antes debía de ir a comprar lo necesario. Le propuse hacer mi tortilla de patatas, que no conocía ni había probado y le pareció una buena opción.

Conociendo la zona

Me indicó como llegar hasta Sigatoka, una ciudad pequeña, la más cercana a su casa y donde encontraría un supermercado. Compré lo necesario más algunos encargos de Johnny y cuando estaba esperando el autobús de vuelta, un señor de procedencia india -aquí los indios son casi el 50% de la población- se ofreció a llevarme. Me sorprendió, ya que fue una oferta que no esperaba y la acepté sin dudar.

Ya en casa me puse manos a la obra y cocine mi tortilla de patatas. Hice una buena cantidad, para la cena, para los vecinos y también para que Johnny tuviese una tortilla al día siguiente en el trabajo y cambiase la dieta de noodles rápidos -al parecer eran su almuerzo habitual- por algo más sabroso. Cuando volvió al día siguiente del trabajo y le pregunté, me dijo que había sido la envidia de todos sus compañeros.

Las jornadas pasaron tranquilas, visité de nuevo Sigatoka al día siguiente para conocer algo mejor la ciudad. Me encontré con Menon, el fiyiano indio que me había llevado la noche anterior a casa y me propuso invitarme a cenar a su casa, aunque finalmente no lo concretamos.

Durante el tiempo en casa de Johnny pude trabajar sobre todo en mi blog y pensar en como encontrar el barco que buscaba para continuar el viaje. Una de las mañanas conectado a internet busqué en Couchsurfing un anfitrión en Suva, la capital de Fiyi. Intuía que sería el mejor lugar donde buscar un velero.

No daba crédito, nada más enviar el mensaje recibí la respuesta, ni un minuto tardó en llegar. Francis una chica de etnia fiyiana -que tiene muy buenas críticas en esta red de anfitriones y viajeros- aceptaba mi solicitud.

Mis últimos días en casa de Johnny

Un par de días antes de partir hacia Suva, tras pasar más de 10 días en casa de Johnny, que no le importó que alargase mi estancia cuando le pregunté, llegó Juano. Juano era un argentino, con el que conecté también muy bien y que entre otras cosas me descubrió una página web donde descargar libros gratis. Enloquecí de alegría por la variedad y calidad de ellos. La página se llama Lectulandia, por si estás interesado; es gratis y sencilla de utilizar. Desde entonces mis tiempos libres se han convertido en momentos de lectura y diversión que añoraba desde que salí de España.

Con Juano, además de ir a Sigatoka a comprar y conocer algo más la ciudad, nos juntamos una tarde con Nicky, uno de los amigos que había hecho a mi llegada. Se ofreció como guía para enseñarnos alguna playa y Rukurukulevu, la aldea donde vivía. Estuvimos dándonos un baño en un mar calmo y con una temperatura perfecta, aunque los fiyianos que estaban bañándose temblaban ¡aún yendo vestidos!

Después del baño de agua salada, mientras andábamos para llegar a su casa, nos paramos a ver como practicaban rugby unos muchachos vecinos suyos -en Fiyi el rugby es deporte nacional-. En su casa nos dio a beber el liquido mágico de un coco, que descolgó de la palmera que había plantado él mismo y cuidaba.

Después nos fuimos a probar el kava, una bebida popular en las islas del Pacífico sur y que deja la boca dormida y coloca. Sus amigos se estaban poniendo las botas y beberla es motivo de reunión entre ellos. Pagamos 10 dólares fiyianos por un par de tragos, pero más que nada lo hicimos en agradecimiento a su tiempo.

Otro de los encuentros que tuve durante mis primeros días fue con Mayuka, una chicha japonesa que contacté por un amigo de unos amigos que hice en Indonesia. Mayuka y yo fuimos a comer a un restaurante indio cerca de Nadi.

Después de la comida pude parar en el aeropuerto -muy cercano y lugar de trabajo de Mayuka- y descubrir que la compañía de telefonía Digicel ofrece a los turistas una tarjeta SIM gratis con 500Mb de uso. Me hubiesen venido de lujo el día de mi llegada de haberlo sabido. El empleado de Digicel que me atendió, intentó explicarme porque la que yo había adquirido en Sigatoka no funcionaba en toda la isla y me regaló la que si lo haría.

El viaje a Suva fue providencial. Juano ya se había ido el día anterior y a mi la pereza me pesaba. Aunque como siempre, al ponerme la mochila me transformé y mi cuerpo se activó para poner rumbo a tierras desconocidas. Las tierras de Fiyi en esta ocasión.

Pero esta será la historia de mi próximo artículo dedicado a Fiyi. Hasta entonces y como siempre…

¡Pura Vida!

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