Mi última frontera en Europa. Bulgaria
La Vuelta al Mundo Sin Prisas

Mi última frontera en Europa. Bulgaria. Comienza la aventura asiática.

Mi última frontera en Europa. Bulgaria. Visita a Sofía su capital y última frontera europea antes de cruzar a Turquía y entrar en el continente asiático. Comienza la aventura asiática.

Mi última frontera en Europa. Bulgaria. Comienza la aventura asiática.

Mi última frontera en Europa. Bulgaria. Visita a Sofía su capital y última frontera europea antes de cruzar a Turquía y entrar en el continente asiático. Comienza la aventura asiática.
Mi última frontera en Europa. Bulgaria

Mi última frontera en Europa. Bulgaria

Mi última frontera en Europa. Bulgaria. El viaje a Sofía desde Skopje lo hice temprano. Ya comenté en el artículo “Venga, pues pasaré un día en Macedonia” que quería salir lo antes posible de la capital de Macedonia para aprovechar el fin de semana en Sofía y para ello tenía que madrugar.

El viaje a Bulgaria

Desde Macedonia a Bulgaria tienes que cambiar de autobús en la frontera. Con el macedonio el trayecto fue rápido y tranquilo, alrededor de una hora y media. Después tienes que cruzar los controles de pasaporte y subirte al autobús que ha llegado con los viajeros desde Sofía. Entre unas cosas y otras media hora más y llegar a Sofía con un autobús con línea wifi, el primero del viaje por Los Balcanes, otra hora y media aproximadamente.

Así pues, unas cuatro horas de viaje relajado y viendo bonitos paisajes. El precio es de 1.040 dinares macedonios, unos 17€ dependiendo del cambio. Ya en la estación o centro de transportes de Sofía, me dirigí a las taquillas del tren para intentar comprar el billete que me llevase a Estambul, que era mi próximo destino.

La taquillera de la estación me recomendó comprar el billete de autobús, ya que la vía del tren estaba en obras en algunos tramos y me costaría más llegar, casi 18h, además de tener que hacer dos cambios de tren y dos más de autobus. Realmente, si tienes el billete Interrail comprado para recorrer Europa, tienes que aceptar estas condiciones, pero para mi viaje que es por libre no era necesario sufrir tanta incomodidad.

En la estación me encontré con un grupo de chavales españoles que estaban viajando por Los Balcanes y que precisamente venían de Estambul. Iban acompañados de dos chicas portuguesas que llevaban la misma dirección. Charlé un rato con ellos, les conté mi aventura y nos dirigimos a buscar nuestros respectivos hosteles.

Buscando el hostel

Me subí al primer tranvía que las recomendaciones del hotel me ofrecían, el número 4 era uno de ellos y fue el primero que llegó a la parada. El conductor no sabía inglés pero me ayudo en todo momento, incluso me dejó viajar gratis.

Me recomendó bajar en una parada concreta y preguntar allí, ya que creía que estaba cerca. Tuve que preguntar en una especie de kiosco de un firma bancaria montado entre vía y vía donde una señora muy amable me sugirió entrar en el hostel que estaba enfrente para asegurarme de mi destino y que dirección tomar.

En el hostel efectivamente me pudieron dar con exactitud esa información y salí acompañado de un grupo de chavales de Italia y Francia que buscaban un hostel para quedarse el fin de semana -ya que donde estábamos no se lo podían proporcionar- y nos dirigimos al mío.

Ya en el hostel tuvimos que esperar un rato hasta que llegó la responsable, pero ya habíamos podido confirmar que tenían sitio para estar. No era fácil ¡¡el grupo era de siete personas!!

Descubriendo Sofia

Nos instalamos y nos fuimos a comprar. No pude hacer mi tortilla de patatas, pensé que ¿para qué enfrentarme a una odisea, sin las herramientas de cocina necesarias? pero si pude hacer mis lentejas que todos apreciaron. Ellos hicieron unos espaguetis para que comiésemos ese día, picantes, muy picantes, pero deliciosos. El cariño al cocinar hace que el resultado sea siempre bueno.

Después de comer me fui con Lorenzo a buscar el centro Apple cerca del Palacio Nacional de Cultura para intentar arreglar él su iPhone y yo mi Mac, que tenía estropeado desde Albania. Al final no fue posible, así que yo tendría que esperar a llegar a Estambul para arreglarlo con más tiempo. Para Lorenzo fueron peores las noticias, ya que tenía que cambiar el móvil entero porque lo tenía quemado.

En el hostel conocí también a Ilse y Pascal una pareja de holandeses con los que congenié muy bien y pasamos grandes momentos en Sofía. Ilse es jugadora de fútbol en su Holanda natal y quería ver un partido de fútbol que se celebraba ese fin de semana.

Realmente pude comprobar que disfruta de los partidos. En el campo del equipo local Levski Sofía fue una hincha más que incluso aprendió los cánticos más sencillos de la afición para animar al equipo. Pascal y yo nos sumamos a la fiesta. La liga en Bulgaria comienza en julio, para poder salvar el invierno cuando hacen una parada en los meses más fríos. Empate a un gol y partido realmente aburrido en el campo. En la grada fue una fiesta.

Conociendo la noche de Sofía

Después del partido decidimos ir a tomar unas copas al Rock’n’Rolla que ellos habían conocido el día anterior y que estaba muy bien. Nos tomamos unas birras y unos tequilas y personalmente lo pagué caro al día siguiente. La falta de costumbre de beber y un tequila no muy bueno, hicieron que cuando despertase por la mañana mi cabeza quisiese estallar.

Durante una salida a la calle a fumar, mi estomago me pidió algo de comer, así que solo, decidí ir a buscar algún sitio de comida rápida que sirviese algo vegetariano. Encontré una pizzería y tuve que hacer un pequeño esfuerzo para entenderme con la camarera que no hablaba inglés. Afortunadamente, como viene pasando en todo el viaje, Denis un muchacho que si lo hablaba y estaba allí comiendo algo con Kalina, su chica, se ofreció a traducir lo que quería.

Habló con la camarera explicándole que era vegetariano y conseguí una pizza con champiñones que no estaba mal. Me presenté, agradecí el favor y les invité a acompañarme al bar a tomar algo con nosotros.

Ya allí les comenté de mi reto, la tortilla de patatas a lo largo y ancho del mundo. La idea les gustó y me invitaron a hacerla en casa de Iva, la madre de Denis al día siguiente. Terminamos nuestras cervezas e Ilde, Pascal y yo nos dirigimos al hostel. Denis y Kalina a sus casas.

Haciendo mi tortilla en Sofía (Bulgaria)

Al día siguiente aun con la resaca con la que me levanté fui a dar una vuelta y ver mis posibilidades para viajar a Estambul. El día que llegué no lo había podido cerrar. Ilde y Pascal finalmente decidieron seguir su viaje y no se apuntaron a la tortilla de patatas.

Yo había quedado a la 13h con Denis y Kalina que vinieron a buscarme cerca del hostel. Nos dirigimos, primero a la compra y después a su casa a cocinar. Comprobé durante el paseo que los árboles frutales están en plena calle y puedes comer perfectamente sus frutos, algo que en España y demás países por los que he pasado no había visto. Por cierto las ‘frutas callejeras’ exquisitas.

Kalina por su parte se ofreció a hacer una receta típica búlgara, algo que había probado en otros países balcánicos, pero que me aseguró era originaria de su país. Una delicia de plato llamado Banitsa y que también pude llevarme para la cena durante el viaje.

No estoy muy seguro de ponerla en el recetario del blog, ya que alguno de los ingredientes no se encuentran fácilmente fuera de esta zona del mundo, pero si la pruebo con algún sustituto y queda bien, la compartiré con todos. ¡Imaginación al poder!

Kalina hizo además con su cámara mientras preparaba la tortilla las fotos que ilustran mi receta que encuentras en este blog. Terminamos la sobremesa sobre las 17h. y algo que me sorprendió y me encantó fue el regalo que me entregó Denis, que es artista. Me dio un dibujo suyo como recuerdo. Muy agradecido a ambos por su amabilidad y ayuda a este viajero.

Últimas horas en Sofía

Yo tenía que salir esa noche hacía Estambul y comprar el billete del autobús aunque tenía tiempo de sobra. Así que me dirigí al hostel, dejé las cosas que llevaba y me di un paseo por la ciudad para ver y conocer la parte noble de Sofía. Una ciudad con grandes contrastes. Algunas zonas están muy descuidadas con edificios que parecen abandonados pero sin embargo están habitados y otras, donde los edificios oficiales están instalados, cuidadas con mimo.

Pude recorrer esa zona alta durante casi dos horas. Realmente muy bella y más al atardecer con una luz atenuada. Tuve la oportunidad de haberla visitado con guías, ya que en el hostel ofrecían este tour gratuito, aunque al final decidí hacerlo solo y sin los límites de un horario concreto. Esa mañana preferí compartirla con mis nuevos amigos por el mundo.

A mi vuelta sobre las 9 de la noche, recogí todas mis cosas, me despedí del personal del hostel y me dirigí a la estación en taxi. Me costó explicarle al conductor dónde quería llegar, pero al final pudimos entendernos. Cuando quise pagar ¡problema! ¡no tenía cambios para cobrarme la carrera!. Desconfié y cargado con mis mochilas fui a intentar cambiar en alguna de las tiendas cercanas a la estación. Compré una botella de agua para facilitar las cosas y pude pagarle las 5 levas búlgaras (2,5€) que me había pedido. Ambos contentos.

El viaje a Turquía

Aunque lo había intentado en dos ocasiones no había podido comprar el ticket del autobús a Estambul. Mi llegada con tiempo a la terminal era para, entre otras cosas, hacerlo definitivamente y poder viajar. El mismo billete en tres compañías distintas que había preguntado por la mañana variaba de los 40 levas iniciales (unos 20€ al cambio actual) que finalmente pagué por el viaje, a los 45 levas en la siguiente compañía y los 50 levas de la última. De ahí mis dudas y dejarlo para el último momento.

En un principio dude del servicio por ser el más barato y pensé que me había equivocado queriendo ahorrar unos pocos euros. Sin embargo pude comprobar que todo lo contrario. Esta compañía trataba genial a los clientes, con el valor añadido de que viajábamos únicamente diez personas. Un detalle en un viaje tan largo y nocturno, ya que podíamos ocupar los asientos a nuestro libre albedrío y descansar tumbados.

Entre los viajeros del autobús estaba Joshe, un americano viajando también por el mundo y un turco residente en Sofía y que viajaba a su país a pasar unas semanas. A mi llegada a Estambul fueron de gran ayuda. Gente sana y simpática con la que estoy coincidiendo en este viaje.

En la frontera turca

En la frontera con Turquía, servidor que no estaba muy seguro de cómo comprar el visado, pensando que en la frontera sería más sencillo llegado el momento no fue así. Tenía que presentarlo junto al pasaporte y la policía turca me obligo a ir a por él.

Afortunadamente uno de los encargados de la atención al viajero en el autobús me acompañó y gracias a su experiencia en estas lindes, lo que podía haber sido una hora o más haciendo cola, se convirtió en apenas quince minutos. Su ayuda fue de agradecer, ya que de no haber sido por él probablemente tendría que haberme quedado solo a esperar el siguiente autobús con dirección a Estambul perdiendo el viaje y volviendo a pagar para seguir camino.

Por lo que un consejo que te puedo dar si vienes por este país y cruzas la frontera por tierra para que no cometas mi mismo error es COMPRA LA VISA POR INTERNET. Al parecer se puede y además, me aseguraron, sale más barata. Yo pagué 25€ y en internet al parecer son 15€.

La llegada a Estambul

Tras la experiencia fronteriza -la primera con necesidad de visado- el resto del viaje lo aproveché para dormir y descansar. Amanecí con los primeros rayos de sol y pude ver los alrededores de Estambul y divisar a lo lejos las siluetas de la ciudad. Como era lunes nos encontramos con los atascos típicos de la gran ciudad, que compensé con las vistas a cámara lenta e imágenes para mi memoria mientras el autobús avanzaba a duras penas.

El próximo artículo lo dedicaré a la ciudad entre dos tierras: Estambul. Europa y Asia se juntan en esta ciudad gigante y preciosa. Culturas nuevas y nuevas formas de vivir. Pero como digo, será en el próximo artículo, hasta entonces.

¡Pura Vida!

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