Australia, Nueva Zelanda y Oceanía
Navegando por el Pacífico y conociendo Wallis y Futuna

Navegando por el Pacífico y conociendo Wallis y Futuna

Australia, Nueva Zelanda y Oceanía

Navegando por el Pacífico

Nuestros días en Samoa se habían terminado. Habíamos podido visitar esos lugares del país que son parte del recuerdo y que los turistas dejen sus divisas visitándolos.

Desde Savaii, la isla mayor de Samoa, poníamos rumbo a Wallis y Futuna. Cruzábamos desde la Polinesia del oeste, al este de la Melanesia. Wallis y Futuna era un país desconocido para mí, hasta que buscando en el mapa tras conocer el recorrido, había podido descubrir dónde se encontraba y algo de su historia.

Navegando entre Samoa y Wallis

Si bien el país está denominado por las dos islas mayores y habitadas y que se componen de varias islas, en el viaje nos dirigimos directamente a Wallis, también conocida como Uvea, alejado de Futuna por un día de navegación y por la cual pasamos cerca cuando nos dirigíamos a Fiyi, aunque la dejamos atrás y no la visitamos.

Más de 200 millas náuticas nos separaban hasta llegar a Wallis y a mí me esperaba una prueba de resistencia. La distancia no era excesiva, pero para un marinero de agua dulce como yo, en su primera navegación en aguas del océano sin ver tierra durante unos días, se convertía en una pequeña odisea. Ya entre Upolu y Sabaii, en Samoa, había vuelto a experimentar el mal de mar que me obligó a limpiar el casco del barco, mientras estuvimos anclados en la isla mayor samoana, no seré más explícito, pero ya podéis imaginar.

Para más inri durante la mayor parte del recorrido, el mar estaba revuelto y nos encontramos en medio de una tormenta la primera noche. Yo no tenía fuerzas para poder cumplir con mis obligaciones y afortunadamente Horst, el capitán, viendo mi estado, no me pidió cumplirlas en ningún momento, dejándome que descansara y durmiese para estabilizar mi organismo. Si que es cierto, que durante la navegación y aún con el mal cuerpo, tuvimos que hacer algunos arreglos en la vela génova ya que uno de los cabos estaba a punto de romperse y de haberlo hecho, hubiésemos tenido un grave problema. De todas formas ese paseo por cubierta, incluso me vino bien y me ayudó a recuperarme un poco, aunque en el interior del barco seguía sin poder hacer nada que me obligase a concentrarme.

Teníamos vientos fuertes, más de 25 nudos en alguna ocasión y cambiantes, que hacían vibrar a las velas cuando perdían el viento y en una de estas, fue cuando la vela mayor se comenzó a desgarrar. En un primer momento Horst no le dio importancia a este hecho, pero conforme el viento aumentaba y la vela se hinchaba, el desgarro iba creciendo, hasta que se convirtió en un problema para la vela, que tuvimos que recoger y no pudimos usar desde entonces.

El tercer día, después de tormentas y arreglos en cubierta; de imprevistos con el velamen y yo en un estado bastante lamentable, cuando temprano por la mañana divisamos tierra, volví a la vida y pude reincorporarme. Aún con el cuerpo agotado y poco alimentado he hidratado, ya que durante todo el trayecto no pude apenas comer ni beber, las fuerzas volvieron a mi y la excitación por ver un nuevo paraíso terrenal me hicieron olvidar todo lo vivido hasta entonces.

La llegada a Wallis

El pasaje de entrada a la isla rodeado de arrecifes estaba bien señalizado y me sirvió para que Horst me enseñase a divisar y marcarle la dirección correcta por la que navegar. «Fernando -me indicó Horst- las señales rojas tienen que quedar a babor y las verdes a estribor ¡Vas a guiarme!». A partir de entonces fue un nuevo trabajo al llegar a nuevos destinos, en caso de tener que orientarnos para entrar en las bahías rodeadas de arrecifes de coral traicioneros y que las cartas marinas señalan pero nunca exactamente, por lo que la vista en el momento es importante.

Afortunadamente, como he apuntado, en Wallis las marcas estaban bien señalizadas e incluso de noche era fácil seguirlas por las luces parpadeantes. El detalle no sería importante para repetirme, sino fuese porque no todos los países islas del Pacífico, cuidan estas instalaciones como deberían, siendo tan importantes para la navegación.

El camino se iba señalando con otras marcas de colores blanco o negro, dependiendo de su situación y del aviso que enviaban a los navegantes. Por las cartas de navegación podíamos ver que existía una bahía llamada Gahi donde podíamos anclar y pasar unos días, antes de llegar directamente por mar a la bahía de Mata-Utu, la capital, a unas pocas millas y ya navegando por aguas pacíficas.

Tras el anclaje en Gahi, con el cielo todavía cubierto y amenizando más lluvia, pusimos la lancha neumática en el agua y nos dirigimos a tierra. Yo necesitaba de nuevo pisar suelo firme, soy y siempre había sido hombre de secano y empezaba a conocer el mundo del mar. Prince, el perro, nos acompañó, también con ganas de pisar tierra.

En tierra: Wallis

Anduvimos por la pequeña aldea de Gahi y buscamos un modo de llegar hasta Mata-Utu, donde se encontraban todos los servicios y edificios gubernamentales para poder hacer: el registro de entrada y sellar el pasaporte, pasar aduanas y que el departamento de cuarentena nos indicase como proceder con el perro y si era posible que siguiese bajando a tierra.

Preguntamos en una casa por los transportes públicos hasta la capital y un señor de mediana edad que estaba con su prole, nos dijo que no había ningún autobús cercano ni taxis por allí, sin embargo él se ofreció a ayudarnos con su coche, previa negociación de un precio por sus servicios. Lo cerramos en 50€ que se transformaron en 50.000 francos de ultramar, algo que me pareció mejor, ya que al cambio eran 40€ lo que le hice saber a Horst que aceptó el precio.

El perro sin embargo se convirtió en un impedimento, ya que el señor no quería que viajase en el interior del coche, un pick-up con caja de transporte. Nos obligó a subirlo allí, pero Prince que no aguantaba, ya que es un manojo de nervios, quiso saltar y casi se ahorca con la correa, menos mal que Horst lo vio antes de arrancar, sino el pobre perro hubiese acabado mal. Bajamos del coche para rescatarlo y finalmente con mucha mano izquierda, conseguí convencer al hombre de que lo dejase viajar en los pies de Horst sin que pisase los asientos traseros, a lo que afortunadamente, accedió.

Su inglés era limitado y nuestro francés pésimo, aún así, con el esfuerzo de todos, conseguimos entendernos y pudimos hacer todos los recados entre los que incluimos, además de regularizar nuestros pasaportes y registrar la entrada del barco -todo muy sencillo de tramitar-, pasar por alguna tienda y el gran supermercado para hacer las compras necesarias con las que llenar de provisiones, sobre todo frescas, la despensa y las neveras del barco. El precio que habíamos marcado incluyó todo el paseo.