Entre Rosario y Buenos Aires
Entre Rosario y Buenos Aires. Encuentros y reencuentros en Argentina
Llegué a Rosario, pasé un fin de semana con nuevos amigos en el viaje. Viajé a Buenos Aires, allí fue el reencuentro con viejos amigos, reencuentros muy esperados y conseguí renovar mi pasaporte para seguir camino. Te cuento mi viaje entre Rosario y Buenos Aires y lo que viví en los primeros días bonaerenses.

Entre Rosario y Buenos Aires. Encuentros y reencuentros en Argentina

Llegué a Rosario, pasé un fin de semana con nuevos amigos en el viaje. Viajé a Buenos Aires, allí fue el reencuentro con viejos amigos, reencuentros muy esperados y conseguí renovar mi pasaporte para seguir camino. Te cuento mi viaje entre Rosario y Buenos Aires y lo que viví en los primeros días bonaerenses.
Entre Rosario y Buenos Aires

Entre Rosario y Buenos Aires. Encuentros y reencuentros en Argentina

Había sido un viaje como autostopista muy interesante pero agotador. Ahora me quedaba llegar a casa de Carlota, como ya conté en el anterior artículo Ricardo, el camionero, me había dejado a la entrada de Rosario y en la zona en la que me encontraba, no era la más adecuada, por seguridad, para un extranjero y menos cargado con dos mochilas.

Me lo había avisado el guardia de seguridad de una factoría donde pregunté. Esperé al autobús durante un buen rato, pero viendo que pasaba el tiempo y no llegaba decidí parar un taxi.

Conociendo a Carlota

El trayecto no era muy largo según el mapa que estaba usando en el móvil, pero, sin conocer la ciudad, quien sabía exactamente. El taxi me costó un dinero que seguro me hubiese venido mejor para otra cosa, aunque puse por encima la seguridad.

Cuando llegué a casa de Carlota ya me estaba esperando. Abrió la puerta y nos fundimos en un abrazo. La estaba conociendo personalmente en ese momento, aunque habíamos podido hablar varias veces a través de las redes y el cariño que su madre y yo nos tenemos desde nuestros tiempos jóvenes nos facilitaba las cosas. Si Carlota era como Ana, iba a estar muy cómodo.

 

La perra de Carlota, Barba Azul, también notó ese cariño y me recibió como a un viejo amigo. La verdad es que esa perra tiene a su vez algo especial. Dicen que los animales se parecen a sus dueños y en este caso el dicho, se confirmó. Hasta Carlota se sorprendió de la reacción de Barba Azul conmigo. Tengo que decir que durante el viaje, he aumentado mi buena relación con los animales domésticos.

Carlota me ofreció un arroz que había cocinado mientras me esperaba, necesitaba meterme algo al cuerpo y me vino muy bien. Mientras yo comía charlamos y nos conocimos un poco mejor. Me ofreció dar una vuelta, Barba Azul necesitaba dar su paseo y quería enseñarme la parte de la ciudad donde vive, una zona muy acogedora, cercana al río y con un paseo largo a través de un parque que tanto para la perra como para nosotros era perfecto.

 

Cuando cayó la noche volvimos a casa. Era el momento de preparar una cena y vino Kava, su pareja, a acompañarnos.

Amaneciendo en Rosario

La mañana siguiente Carlota y Kava madrugaron y se fueron a trabajar. Un buen desayuno compartido y tras el, me preparé para salir y hacer unas compras. El tabaco en Argentina no es muy caro, bastante más barato que en Chile, y Carlota que conocía un estanco donde además mantenían viejos precios, me lo recomendó para hacer acopio.

La caminata hasta llegar allí fue larga y de paso aproveché para hacer unas compras en un supermercado y llenar la nevera. La vuelta a casa fue más dura con las bolsas cargadas. Recuperé fuerzas con una buena comida y me tumbé a descansar.

 

Por la tarde había quedado en ir a buscarlos al bar donde trabajan en la playa del río Paraná a su paso por la ciudad de Santa Fé. Llegué en autobús, y antes compré una tarrina de helado en la heladería cercana a su casa, que el día anterior había conocido mientras dábamos la vuelta por el barrio, para invitarlos. Unos helados artesanales y deliciosos.

Llegué a La Rambla -así se llama el paseo marítimo del río- con el autobús que prácticamente era de puerta a puerta. Carlota y Kava ya habían terminado de trabajar y nos quedamos hasta tarde con sus amigos bebiendo cerveza. Mucha cerveza. Cuando oscureció decidimos ir a casa a preparamos una buena cena con Agustina –una amiga de La Patagonia y que también trabaja allí- que vino con nosotros. La tortilla de La Vuelta al Mundo Sin Prisas no podía faltar e hizo la número 490 de tortillas cocinadas en el viaje.

 

Al día siguiente el guión fue parecido. Madrugamos y por la tarde me acerqué hasta el bar en la playa con el helado. Allí estaban junto a Carlota, Kava y Agustina y Fernanda y Pablo, que habían llegado de Buenos Aires para pasar ese fin de semana en su casa. Íbamos a estar apretados, pero no importaba.

Por la noche tras un buen paseo en coche por la ciudad, nos fuimos a cenar por el barrio y después con el estómago lleno, a un club aprovechando que era un fin de semana largo y hasta el martes eran días festivos de carnaval. Aún con la animación del lugar, no tardamos mucho en ir a casa para seguir con la fiesta a nuestro aire y sin tumultos.

Durante las copas nocturnas pregunté a Fernanda y Pablo cuándo tenían pensado volver a Buenos Aires y si tenían espacio para uno más. Me confirmaron que el domingo o lunes por la mañana a más tardar saldrían hacía allí y que por supuesto tenía sitio para ir con ellos.