Anochecer sobre el Atlántico
Comienza la tercera parte del viaje: África
África siempre provocó en mí una atracción especial. En mis planes estaba llegar en unos años, para cerrar el círculo de la Vuelta al Mundo Sin Prisas y con la experiencia adquirida en el viaje, recorrerla sin temor. Sin embargo, el momento que estamos viviendo, que nos ha cambiado la vida a todos, ha precipitado los acontecimientos adelantando el programa previsto.

Comienza la tercera parte del viaje: África

África siempre provocó en mí una atracción especial. En mis planes estaba llegar en unos años, para cerrar el círculo de la Vuelta al Mundo Sin Prisas y con la experiencia adquirida en el viaje, recorrerla sin temor. Sin embargo, el momento que estamos viviendo, que nos ha cambiado la vida a todos, ha precipitado los acontecimientos adelantando el programa previsto.
Anochecer sobre el Atlántico

Memorias de África: el quinto continente

África siempre provocó en mí una atracción especial. En mis planes estaba llegar en unos años, para cerrar el círculo de la Vuelta al Mundo Sin Prisas y con la experiencia adquirida en el viaje, recorrerla sin temor. Sin embargo, el momento que estamos viviendo, que nos ha cambiado la vida a todos, ha precipitado los acontecimientos adelantando el programa previsto.

Temores que se disuelven como un azucarillo en agua caliente

Durante mi periplo, sobre todo en la zona de Asia Central –destacando Irán por encima de todos los demás-, ya comprobé que la mayoría de las noticias e informaciones que nos llegaban a través de los medios de comunicación sobre algunos países, eran cuando menos erróneas y casi siempre manipuladas y tergiversadas. De todas formas, el temor a lo desconocido siempre estuvo ahí, como una manera de mantenerme alerta y atento a lo que sucedía a mi alrededor; supongo que es una autodefensa que tenemos, que viene de nacimiento y que aumenta con el crecimiento y la intención de mantenerse “informado”.

Así llegué a África, temeroso de lo que me podía encontrar en un continente inmenso, cargado de vida salvaje e historia cultural y natural; aunque, sin embargo, tras quince días y poco movimiento hasta ahora, esa sensación ya la he perdido y he podido comprobar que hay mucho que descubrir y poco que temer a primera vista.

Tomando decisiones y cambiando el programa del viaje

La decisión aún así no fue sencilla. Anduve dando vueltas a la fecha. Desde septiembre, que era cuando tenía pensado venir, hasta enero de 2021 que es cuando finalmente llegué, fueron meses de incertidumbre e indecisión. Así mismo también es cierto que hubo cantos de sirena y ofertas de trabajo interesantes, pero que no se materializaron y me hicieron dudar e ir retrasando el viaje todo ese tiempo.

Además, debido a la situación en la que España y la mayoría del mundo occidental se encuentran -por el recorte diario de libertades arraigadas-, este tiempo se fue convirtiendo en tiempo de ansiedad y nerviosismo constante, que empezaba a medrar en mi salud. Tanto mental como física.

Reconozco que casi he tenido que huir, algo que nunca ha sido el motivo para viajar como un nómada y que me fastidia especialmente; mas, volver al camino, ha sido como una terapia de choque contra la enfermedad y no precisamente la que nos han contado y en la que tanto insisten, sino la que están provocándonos con estas medidas muy políticas y nada científicas; aunque se desgañiten en convencernos de que sí son así.

Pero los planes dependen de un seudotest

El viaje lo tenía programado para el día 30 de enero. Pagado y con todos los temas legales y personales necesarios solucionados: vuelos -Iberia a Lisboa, gracias a Dani Rodriguez que me lo regaló, y con TAP a Bisáu. Visado -con el número 2 de solicitud – y lugar donde llegar al país -ArtOasis, un voluntariado muy interesante-. Aun así, todavía quedaba el decisivo seudotest PCR. Éste iba a decidir si mi viaje se podría realizar o no y si por ello iba a perder todo el dinero gastado, o gran parte de el.

El visado estaba añadido a mi pasaporte con 90 días de margen para ejecutarlo desde la fecha de expedición; por lo tanto, tenía margen si alguna parte del plan se torcía. No sucedía lo mismo con el vuelo.

En julio de 2020, cuando viajé desde Brasil a Portugal, las compañías aéreas permitían los cambios gratuitos para las clases económicas, en caso de una situación imprevista, motivada, básicamente, por un positivo de la prueba impuesta; pero el paso del tiempo ha modificado esto y ahora solo se aplica si contratas un seguro. Ya solo nosotros resultamos perjudicados por estas medidas acientíficas.

Así que dependía de ese examen para tener claro si iba a poder seguir los planes y viajar. O, por lo contrario, debería de gastar más dinero y posponer mi programa. El miércoles, 72 horas antes del vuelo, debía de ir a la clínica seleccionada en Madrid a que me hurgaran la nariz con un bastoncillo y recogiesen una muestra de mi saliva para esperar entre 24 y 48 horas a recibir el resultado.

Fueron horas de angustia que, afortunadamente, el jueves a mediodía se aliviaban. Al igual que en el viaje desde Brasil, el resultado del seudotest me daba negativo. La lotería, porque es lo mismo, me daba premio gordo y los planes seguían adelante. Lloré de alegría abrazado a Rafa, el amigo que me acogía mis últimos días en su casa de Madrid junto a su numerosa familia.

 

Por cierto, las pruebas que me realizaron en Brasil y después en España fueron totalmente diferentes para recoger las muestras de mi boca y nariz.

Y mis amigos que estaban al corriente de mis intenciones y habían querido reunirse conmigo en Madrid, sin miedo a contagios inexistentes, recibieron con regocijo la noticia cuando se la comuniqué.

Últimos momentos en Madrid

El sábado día 30 tenía un vuelo a Lisboa que conectaría con el de Bisáu. Mi intención era dormir en el aeropuerto de Barajas para no tener que llegar con un taxi de madrugada, ya que el metro no me conectaba bien por horarios. Y en una economía de mínimos como la mía, el metro siempre es la mejor opción.

Con la “dictablanda” -o ¿ya llegó a dictadura? – que han impuesto en España, también corría peligro de que la policía me multase por estar en la calle a medianoche, que era cuando tenía previsto subir al aeropuerto con el último metro programado. Sin embargo, necesitaba correr el riesgo.

Seguramente, enseñando el billete del vuelo, la autoridad que me preguntase se convencería de que tenía justificada mi presencia en las calles. Además, por lo visto, el virus es inteligente y seguro que no se fijaría en mi: un pobre viajero en busca de su salvación y que me dejaría libre de sus peligrosas ventosas.

No tuve que arriesgar a dar explicaciones ya que Gheroghe, novio de Joana, una de las hijas de Gloria -la pareja de Rafa-, me ofreció subirme en su coche al aeropuerto, a la hora que fuese, y así poder descansar en un lugar más cómodo que el duelo suelo del aeropuerto de Barajas.

Acepté la invitación y de esa manera también pude hacer una despedida de mis benefactores durante los últimos diez días en Madrid. Cociné unas pizzas y pude comerlas sin el stress que me motivaba el tener los minutos contados, pudiendo hacer una digestión en condiciones.

Y por fin llega la hora de viajar

El madrugón fue considerable y llegaba al aeropuerto alrededor de las 6am. Tuve que entrar solo, ya que los guardias apostados en la entrada habilitada en la terminal 4 del aeropuerto era única, exclusivamente para personas con billete de salida y les prohibieron acompañarme. Hasta este punto a llegado la estupidez que se extiende sin freno.

Me despedí de Joana y Gheroghe en la entrada y me fui en busca de los mostradores de Iberia para facturar la mochila grande y andar más liviano durante mi espera. Para entregarme la tarjeta de embarque también me exigieron presentar la prueba negativa del PCR. Y hablamos de Portugal, un país de la UE, donde se supone que compartimos un espacio común.

Mientras, los altavoces del aeropuerto no dejaban de soltar el mensaje del miedo y la obligatoriedad de las mascarillas -tapando nariz y boca-, que en el aeropuerto de Lisboa nunca escuché y estuve más de 10 horas esperando el vuelo a Guinea Bisáu; decidí por ello, con mis auriculares, escuchar música para abstraerme y no dejar que ese mensaje pernicioso calara en mi mente.

Embarcando a Lisboa: primera prueba superada

Por fin llegó la hora del embarque, me había podido tomar un café y estaba cruzando el umbral que me llevaría lejos de una situación anómala y perjudicial para mi salud. El vuelo fue tranquilo, con el avión casi vacío y aterrizaba en Lisboa a la hora prevista.

En Portugal me encontré con que la situación había cambiado desde que en julio había llegado de Brasil: las mascarillas ya eran obligatorias y se empezaba a instalar la paranoia generalizada. Los bares del aeropuerto solo servían comida, pero no bebida, que debías de obtener en las maquinas expendedoras repartidas por la terminal 1. Solo se libraba Burger King ya que podían servir ambas cosas a los clientes en el mismo lugar. Curioso ¿no?

Tras facturar personalmente mi mochila nada más localizar donde debía de hacerlo, ya que los mostradores con atención humana han desaparecido, deambulé por las instalaciones del aeropuerto durante las más de 10 horas de espera, hasta que mi vuelo salió a las 17:45h.

Pude dormir en duermevela postrado en el frío y duro mármol, navegué por internet, paseé, comí, fumé y hasta olvidé mi sombrero en una zona en la que, afortunadamente, el guardia de seguridad que ya me conocía, lo encontró y me lo guardó hasta que fui a buscarlo. Agradezco haberme dado cuenta de que no lo llevaba antes de cruzar el control de seguridad y con tiempo suficiente para andar sobre mis pasos y encontrarlo. Así como la diligencia de aquel guardia de seguridad de un acceso privado del aeropuerto y de mi descanso durante la espera.

Embarcando a Bissau: segunda prueba superada

En la puerta de embarque del vuelo a Guinea Bisáu con TAP, todos los viajeros estábamos apelotonados antes de mostrar la documentación -incluido el PCR- y que nos diesen acceso a la zona de espera, donde sí tenías que estar separado en los asientos. Todo muy lógico.

El vuelo iba casi lleno, con plazas libres en hileras enteras, lo que me dio la oportunidad de cambiar de asiento y de la línea de pasillo, que me habían adjudicado por no pagar algo más y tener la oportunidad de elegirlo, por uno en la línea de ventana, que es mi preferido durante los viajes para poder mirar al exterior y hacer fotos. Gracias a ello, pude regalarme a los ojos una puesta de sol por encima de las nubes y hacer más ameno el viaje.

Fueron 4 horas en las que nos sirvieron un tentempié, del que solicité repetir y me fue concedido también. Las azafatas se ganaron el sueldo y amablemente accedieron a todas mis peticiones sin trabas ni excusas. Por ello al personal les di la máxima calificación en la encuesta que la compañía me envió por correo electrónico al día siguiente.

Llego a África y entro en Bisáu: tercera prueba superada

Llegué a África, a Bisáu, con noche cerrada y me congratulé cuando pisé el suelo. No lo besé porque me pareció exagerado, aunque me dieron ganas. Había superado dos aeropuertos -Madrid y Lisboa- y había llegado a mi destino. Viajar en avión se ha convertido definitivamente, en una aventura en si misma.