La Vuelta al Mundo Sin Prisas began in March 2014
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2017 cuarto año de La Vuelta al Mundo Sin Prisas
La Vuelta al Mundo Sin Prisas
Cinco años de La Vuelta al Mundo Sin Prisas: 2017 cuarto año del viaje.
Comenzaba el año 2017 en Kolonia, la capital de Pohnpei y lo terminaba en Osaka, Japón. Había cruzado Micronesia, Filipinas y Taiwán y como bola extra llegué a Japón, en una decisión improvisada. Dejando fluir el viaje.

Cinco años de La Vuelta al Mundo Sin Prisas: 2017 cuarto año del viaje.

Comenzaba el año 2017 en Kolonia, la capital de Pohnpei y lo terminaba en Osaka, Japón. Había cruzado Micronesia, Filipinas y Taiwán y como bola extra llegué a Japón, en una decisión improvisada. Dejando fluir el viaje.
2017 cuarto año de La Vuelta al Mundo Sin Prisas

Comenzaba el año 2017 y celebraba el año nuevo en una pequeña isla del Pacífico. Amarrado con el velero en Kolonia Pohnpei, en los Estados Federados de la Micronesia. Eso significaba que ya llevaba casi medio año embarcado en el yate Awenasa.

En ese tiempo habíamos recorrido más de 3.500 millas marítimas –alrededor de 6500Km- y visitado 7 países diferentes. Algunos de ellos, destacados entre los países menos visitados del mundo: Tuvalu, Kiribati e Islas Marshall. 2000, 4000 y 6000 visitantes anuales respectivamente. Todo un privilegio. Además de Samoa, Wallis, Fiyi y Micronesia.

Había pasado varias crisis con Horst, el capitán. Incluyendo la última en Pohnpei, en la que me plantee seriamente abandonar el barco y finalmente fui el que me quedé. Judith, mi compañera en la tripulación, sí que ‘saltó’ de velero y siguió otro camino.

Reparaciones terminadas y de nuevo en ruta

El día 15 de enero de 2017 y después de pasar un mes amarrados, mientras reparábamos el motor –el generador no tenía solución-, poníamos rumbo al oeste. Nos esperaba el resto de la Micronesia y Filipinas, donde estaba previsto que, en marzo, el viaje en el velero, llegase a su fin.

Yo ya tenía mi siguiente destino decidido y en una de esas madrugadas en las que me levantaba en Pohnpei -para poder conectarme a internet y trabajar en mis deberes personales, con una conexión algo más rápida en el restaurante del embarcadero-, encontré un vuelo a Taiwán barato. Desde Manila a Taipéi el último día de marzo.

Los Estados Federados de la Micronesia

Micronesia se compone de cuatro estados federados: Kosrae, Pohnpei, Chuuk y Yap. El primero lo habíamos dejado atrás y no entraba en nuestros planes de visitas. Pohnpei nos había acogido durante un largo tiempo y estando aquí, habitantes de Chuuk, me habían recomendado no pisar la isla principal de su estado. Y finalmente Yap, que sí que estaba en el libro de ruta.

Sobre la isla de Chuuk diré, que las recomendaciones de evitarla venían dadas por el lugar sin ley, que parece ser. Según me contaron, allí las cosas se arreglan como en el viejo oeste americano y cuando surgen diferencias las armas hablan muy fácilmente. El alcohol y otras drogas son las culpables normalmente de estos episodios. Por otro lado no son muy felices de recibir extranjeros y los robos en los barcos eran demasiado habituales. Visitamos islas pertenecientes al estado de Chuuk: Lukunor y Poluwat, mucho más tranquilas, pero no la principal.

Una pequeña flotilla avanza por Micronesia

Además en Pohnpei nos había dado tiempo a conocer a otros dueños de veleros y hacer amistades. Con Iacopo, Barbara y Giovanni -italianos que navegaban en un velero de competición- y Steve -americano que viajaba solo en su pequeño velero-, nos pusimos de acuerdo para seguir una ruta decidida entre todos. Aunque cada uno iría a su ritmo y se juntaría con el resto a su llegada. O esperaría a los demás en las siguientes islas. Viajaríamos juntos, pero no revueltos.

Esto convirtió el viaje en velero en algo más divertido. Las diferencias con Horst en cuanto a gustos y demás, eran evidentes, así que encontrar a gente que tuviese más cosas en común conmigo, era un alivio.

Hacíamos quedadas en uno u otro velero para comer, cenar, o pasar un rato. Cuando alguno pescaba durante el viaje, compartía lo capturado con los demás y si faltaba algo en un barco, seguramente el otro lo tenía y lo cedía. Compañerismo.

Con todos había una relación estrecha y compartíamos muchas cosas acerca de la vida y cómo vivirla, pero Steve tenía además en común conmigo un pasado profesional. Él era guitarrista y había tenido grupos de rock en su Seattle natal, yo había sido representante de grupos en España. Por lo que, además de compartir los gustos musicales, conocíamos el ‘show business’ por dentro. Su barco era un punto de encuentro para beber y fumar escuchando música rock mientras fondeábamos en las bahías de: Pohnpei, Lukunor, Poluwat, Lamotrek, Elato, Ifalik y Yap.

Las gentes de la Micronesia

Durante todo el periplo marítimo la calidez y amabilidad de la gente de las islas se había hecho evidente. En las más grandes y acostumbradas al turismo, muchas de las relaciones con la gente local, tenían un interés comercial. Sin embargo en las pequeñas islas y atolones, donde vivían unas centenas de personas y son pocos los visitantes, las relaciones eran más naturales y espontáneas.

Cuando echábamos ancla en las bahías, éramos recibidos por delegaciones improvisadas, de más o menos habitantes, que llegaban en sus canoas tradicionales. En algunos lugares había una cuota que pagar por estar allí anclado y el jefe –chief- del lugar, se acercaba a darnos la bienvenida y de paso reclamarla.

Eso mismo sucedía cuando llegábamos a puertos y entrábamos en un nuevo país donde había que hacer los trámites legales. Pero en estos casos, eran las autoridades de inmigración quienes nos daban la bienvenida y nos visitaban. El pequeño Prince, nuestra mascota, era quien tenía que justificar más su presencia. Horst cuidaba esos detalles, ya que no era el primer perro que llevaba a bordo y mantenía todos los papeles y controles actualizados.

La entrada en cualquiera de estos países es a través de un visado que consigues a tu llegada. En la mayoría de los casos por 90 días. Con el velero teníamos que cubrir algunos impuestos especiales. Horst se hacía cargo de los míos como habíamos acordado al embarcarme.

En algunas de las islas los pescadores que nos traían peces, mariscos y cangrejos del coco, nos invitaban también a acompañarlos, lo que hicimos en varias ocasiones.

Yo tuve la oportunidad de ir a pescar langostas en la costa de Lamotrek y atunes en canoa tradicional en Ifalik. El vídeo a continuación, lo hice con lo vivido en esta jornada de pesca de atún.

Ponemos rumbo a Filipinas

En Yap también estuvimos anclados durante varias semanas hasta que Horst decidió que nos poníamos de nuevo en marcha y rumbo a Filipinas. A última hora también decidió que nos saltábamos Palaos –previsto desde el principio- y el viaje fue directo. Una semana tardamos desde Yap a Mindanao, la isla sur filipina.

La travesía fue lenta y gracias a que a Horst no le importaba ir a motor y gastar combustible para avanzar, porque, excepto a la salida de Yap que nos pilló una tormenta, durante el resto de la ruta no sopló ni una brisa de viento para hinchar las velas. Lució el sol en todo su esplendor y la calma chicha del océano hizo muy agradable y cómodo navegar.

En Surigao, ciudad donde pudimos anclar en el puerto a nuestra llegada nocturna, pasamos un par de días para ver a un doctor que Horst necesitaba y comprar víveres y combustible. Pusimos rumbo a Cebú el tercer día temprano y llegamos a la marina donde teníamos previsto amarrar ya de noche. Esto nos obligó a echar el ancla y esperar a las primeras luces para poder ver la entrada.

Afortunadamente tomamos esa decisión. Cuando amanecimos pudimos comprobar que eran las sombras que nos confundían por la noche: las trampas que los pescadores ponen para pescar y que se encontraban a ambos lados del estrecho paso.

Nuestra entrada en la marina no fue triunfal. Los trabajadores de la marina, nos hacían gestos, desde otros barcos o tierra, para avisarnos que no había espacio y debíamos dar la vuelta. Horst hizo la maniobra, pero la quilla se enredó en la sogas de amarre que cruzaban por debajo del barco y él, se quedó con la palanca de marcha en la mano al mismo tiempo. Un grave problema, ya que no se podía manejar y nos obligó a quedarnos allí mismo, cruzados en la marina.

Durante la semana que pasé yo solo en el velero y Horst estuvo ingresado en el hospital de Cebú, otro velero que estaba amarrado se fue y nos dejó el espacio para el nuestro. Ayudado por un holandés que habíamos conocido en Pohnpei y había llegado antes que nosotros a Filipinas y los trabajadores de la marina, conseguimos meterlo en el espacio y amarrarlo correctamente.

Cuando Horst volvió al barco se llevó una agradable sorpresa, ya que aunque yo se lo había podido contar en una de las visitas que le hice al hospital, lo tenía que ver con sus propios ojos para convencerse.

Por otro lado, Horst volvía a cambiar de planes y esto me afectaba directamente. Él sabía que yo tenía un vuelo a Taipéi desde Manila pero parecía que lo había olvidado. Cuando se lo recordé, lo arregló pagándome el vuelo desde Cebú a Taipéi, que salía más económico que volar entre las islas del mismo país y usar mi viejo vuelo.

Pero ocurre un accidente y los planes cambian de nuevo

Pude mantener los planes de viajar a Taiwán, pero los siguientes pasos que todavía no los había planeado, se me mostraron un domingo que salí del velero a conectarme a internet y trabajar un poco antes de la comida.

A mi vuelta para prepararla y cuando me encontraba justo en el medio de la pasarela que unía el barco con el muelle, a Horst se le ocurrió encender el motor, sin mirar antes si alguien entraba o salía del velero. Y lo más importante, sin tener claro si estaría en punto muerto o no.

Exacto. ¡No! Tenía puesta la marcha atrás y al arrancar, el barco me arrastró a mi y la pasarela. La arrancó de cuajo y yo acabé dándome un chapuzón poco apetecible en esas aguas y los equipos electrónicos sumergidos conmigo. La reparación iba a ser cara, le avisé a Horst, que asustado por el acontecimiento y en caliente me dijo que no habría ningún problema. También uno de sus PC’s lo llevaba yo en ese momento y así mismo murió.

No fue tan sencillo y se hizo el remolón cuando llegó el momento de solucionar la cuenta. La compra de mi nuevo ordenador me costó un par de discusiones –me ahorro detalles- pero finalmente lo compró en Cebú. El disco duro externo, casi acaba con mi paciencia, aunque finalmente también accedió a intentar recuperarlo. Desgraciadamente no fue así y con el remojón, el disco duro había muerto. Perdí fotos y vídeos de la última parte de Micronesia y todo lo navegado en Filipinas hasta ese momento -motivo por el que no tengo cómo ilustrar esta parte del artículo-. El teléfono móvil que me acaban de reparar, pude volver a salvarlo. Pero como a un gato callejero, al iPhone le quedaban ya pocas vidas.

Sin embargo, como ya comenté, debido a este accidente se me descubrió mi destino. Volvería a Filipinas tras mi viaje a Taiwán y me quedaría cuidando el velero en ausencia de Horst, que iba para unos meses a Europa. Cuando se lo propuse le pareció una gran idea.

Cubrió todos los gastos, renovaciones de visa cada 2 meses y cuando volvió lo hizo con regalos que agradecí: ropa nueva que necesitaba -y más con el invierno que me esperaba sin en ese momento saberlo-. Un cartón de tabaco; unos dólares para el viaje y lo que más me sorprendió: se ofreció a pagarme los viajes que necesitase hasta mi próximo destino, que era América. Con un límite de presupuesto, por supuesto.

Mi segundo viaje a Taiwán

En septiembre, cuando Horst volvió de Europa, viaje a Taiwán de nuevo. Allí me quedaría los siguientes tres meses haciendo una gira por la isla-país, visitando diferentes escuelas para contarles a niños y adolescentes la historia de mi viaje. Algunas de esas escuelas repetían ya que las había podido conocer en mi viaje durante abril, pero la mayoría eran nuevas y en ciudades que no conocía. Este tiempo en Taiwán me ayudó a conocer un país, una gente y una cultura que me enamoró.

Durante mi estancia en la casa que me acogió más tiempo en Yilan y sobre la que puedes leer aquí, busqué el viaje que me cruzase a América. Estudié varias opciones, pero pasar por USA, que eran la mayoría, me complicaba la vida. Mi pasaporte incluía el visado iraní y el gobierno norteamericano pone trabas por haber estado en un país enemigo y estas no son otras que pedir un visado de entrada. La ESTA, que por ser español y europeo se me aplicaría, no me servía.

El visado me costaba 160US$, que con mi economía sumergida no me podía ni siquiera plantear. Además no era seguro que me lo diesen, ya que el pago era simplemente para solicitarlo. Había que tener una entrevista en la Oficina de Negocios de USA en Taipei con el responsable, y tras ello esperar la decisión. Lo peor era que te lo concedieran y en la frontera aérea estadounidense el oficial tuviese el día malo y la tomase contigo, ya que entonces suponía vuelta al lugar de origen, pagando el billete de vuelta y expulsado. Sí, era ponerme en lo peor, pero había que contar con ello.

La mayoría de países no tiene embajada o consulado en Taiwán, pero sí representaciones diplomáticas o de negocios. Esto se debe a la disputa de China sobre la isla, que la considera parte de su territorio y no tolera que el mundo reconozca su independencia, que se consideraría como tal con representaciones de alto nivel diplomático.

Seguí buscando y lo más barato que encontré fue un vuelo entre Seúl, en Corea del Sur, y Santiago de Chile, además pasando por Madrid para una parada de 5 horas, donde cambiaría de avión y terminal en Barajas. La idea me seducía y hasta me parecía romántica: terminar mi primera parte del viaje, ampliando en mucho los países visitados y la aventura vivida y comenzar la segunda, que me llevaría a América, en España. Desde donde había salido casi 4 años antes.

Eran mediados de noviembre y tenía hasta el día 20 de diciembre para abandonar Taiwán, cuando se me acababa el visado de turista. El vuelo transoceánico era el 23 de enero y antes de llegar a Busan -Corea del Sur-, tenía parada en Osaka -Japón- por dos semanas. La combinación de vuelos me salía muy económica y en total sumaba algo más de 500$ todo el viaje: Taipei-Osaka-Busan-Madrid-Santiago de Chile.

Se lo comuniqué a Horst por Skype en una conversación que mantuvimos y me envió el dinero a mi cuenta. Pude pagar los vuelos, pero tenía por delante el reto de sobrevivir en Japón y Corea durante esas cinco semanas con apenas unos euros en la cuenta.

Viviendo la navidad en Japón: Osaka y Wakayama

Japón, que yo creía que iba a ser un país relativamente fácil donde encontrar voluntariados o couchsurfers, se fue descubriendo con el paso de los días, como todo lo contrario. Coincidían navidad y fin de año en el tiempo que iba a estar y la de año nuevo es una fiesta que se celebra por todo lo alto y en familia. Con todas las personas con las que contacté me rechazaron. O bien por estar fuera de viaje por las fiestas –occidentales que viven en Japón y vuelven con la familia- o familias japonesas que prefieren la intimidad en esas fechas.

Tenía el vuelo, pero no sabía donde podría descansar sin gastar un dineral y comer, que había leído no era nada barato en Japón. Me agobiaba, sobre todo porque el invierno es crudo y andar por ahí sin rumbo no muy aconsejable. Puse un mensaje en mi muro de Facebook y mis amigos respondieron.

Algunos de ellos compraron postales -un dinero que me ayudaría a pagar los gastos y agradecía enormemente conforme veía los mensajes de PayPal- y uno, Julio “Chino” Muñoz de Madrid, me puso en contacto con Vicente Baylina, amigo suyo que vive en Osaka, y gracias a él, encontré el lugar donde dormir. Además, en los últimos días en Yilan, di unas clases de cocina en Happy Snail B&B, con las que gané un poco de dinero y pude llevar efectivo.

Osaka y mis nuevos amigos: Vicente y Oscar

Vicente fue como un ángel para mi en Osaka. Incluso estaba dispuesto a sacrificar su comodidad para que tuviese un sitio donde estar. Pero antes me dijo de ponerme en contacto con alguien que conocía y que regía dos albergues en la ciudad. Me presentó a Oscar Pineda, un colombiano afincado en Japón hacía años que me propuso ayudarle como voluntario en uno de sus albergues, a cambio de un lugar cómodo para descansar. La comida corría por mi cuenta. Aunque la de Navidad, que celebramos en su casa con su familia y algunos amigos, corrió de la suya. Y alguna más. Oscar se portó increíblemente bien conmigo.

A los pocos días de que Oscar me confirmase estar en Casa Macondo, uno de sus hosteles, Akiko, una chica japonesa que había pasado por Yilan como couchsurfer en casa de Michael, mi anfitrión, me confirmaba que sus padres le habían autorizado a invitarme a pasar allí unos días coincidiendo con fin de año y año nuevo. Un nuevo sueño se hacía realidad y podría vivir una fecha tan especial con una familia japonesa que se mostró encantadora desde el primer momento.

Wakayama: acogido por la familia de Akiko

Me desplacé a Wakayama, cerca de Osaka en tren y Akiko me recogió en la estación de Hineno para llevarme hasta su casa, a las afueras. Durante mi estancia allí pude ofrecerles algunos de mis platos para que probasen. Hacíamos mix de comida japonesa y española y desde luego, lo que Keiko, la madre de Akiko, cocinaba, era una delicia. Yo dejé bien la gastronomía española con mi tortilla, ensaladas y arroz caldoso de marisco.

El día 2 de enero, después de una comida típica japonesa con más miembros de la familia de Akiko en una casa familiar en Osaka, Akira, su padre, me llevó al hostel de Oscar donde pasé mi última noche en Japón.

Antes de despedirme de Oscar, este me volvió a ofrecer quedarme un tiempo y ayudarle. Le había sorprendido mi eficiencia y además desde el principio ambos nos sentimos como si fuésemos viejos amigos, casi hermanos y me daba la oportunidad de quedarme a trabajar. Desgraciadamente, tenía mi viaje previsto y un retraso considerable en mis planes después del periplo por el Pacífico y mi estancia en Filipinas y Taiwán. América ya me esperaba y yo necesitaba sentir que avanzaba, aunque tuve que luchar contra mis ganas interiores de quedarme una temporada.

Así que 2017 comenzaba en una pequeña isla del Pacífico y terminaba en Japón. El 3 de enero de 2018 un vuelo a Busan, la segunda ciudad surcoreana por detrás de Seúl, me esperaba y allí tenía previsto un voluntariado en una academia de inglés para niños durante un par de semanas.

Pero esto será la historia para el próximo artículo, recordando el quinto año del viaje: 2018. Hasta entonces y como siempre…

¡Pura Vida!

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